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| adolescencia |
La adolescencia me llegó un poco de sorpresa.
Y eso que crecí con mis hijos.
Uno piensa que la transición va a ser progresiva, lenta, casi cinematográfica. Pero no. En mi caso, empezó el día que entré a H&M y me di cuenta de que ya no podía buscarles ropa en el sector niños.
Ahí entendí todo.
O mejor dicho: ahí empezó mi proceso de aceptación.
Porque una cosa es saber que tus hijos crecen y otra muy distinta es ver que ya no usan talles pequeños, que tienen opiniones enormes y una vida social que aparece de golpe, casi sin pedir permiso.
Y sinceramente, con adolescentes… material no falta.
Hay días en los que me río muchísimo y otros en los que quiero arrancarme los pelos. Todo depende del humor, de la energía y probablemente de cuánto haya dormido la noche anterior.
Pero hoy me hizo gracia.
Mi hijo cumplió 15 y, casi sin darnos cuenta, entró oficialmente en su era social. Esa etapa que uno reclamaba un poco cuando eran más chicos:
—“Debería salir más.”
—“Tiene que compartir con amigos.”
—“Qué bueno sería que hiciera planes.”
Bueno. El universo escucha.
Ahora, los martes, como vivimos cerca del colegio y ellos no se quedan en la cantina al mediodía, me pidió si podía invitar “uno o dos amigos” a comer en casa.
Uno o dos.
Perfecto. Ningún problema.
Este fue el tercer martes.
Y como trabajo un poco fuera y un poco en casa, hoy decidí desaparecer estratégicamente para no incomodarlos con mi presencia maternal. Les di libertad adolescente premium.
Mientras hacía compras, me crucé a mi hijo por la calle con su grupo de amigos. Me saludó rápido, en ese idioma adolescente mezcla de cariño y vergüenza pública, y yo pensé:
“Bueno… al final eran varios.”
Pero tranquila. A casa venían solo dos.
ESO CREÍA YO.
Volví antes de lo previsto porque calculé mal el tiempo. Sabía que ellos salían de casa a las 13:10, así que cuando escuché pasos en la escalera, voces, risas y claramente más ruido del autorizado… me quedé congelada.
Esperé a que bajaran.
Abrí la puerta.
Corrí a la ventana.
Y los conté.
