miércoles, 14 de mayo de 2025

Novela: 35 años- Capítulo V: La no-cita

 


¿Te atreves a dar un paso más con Selma?

En el nuevo capítulo 5, las cosas empiezan a cambiar. Un encuentro inesperado, un deseo sin nombre… todo comienza a tomar forma de manera sutil, pero irreversible.

La no-cita es sólo el principio.
Descubre qué sucede cuando lo inesperado se cruza en su camino.






                                                  Capítulo 5: La no -cita 

                                          "Donde el silencio empezó a hablar"


El viernes había llegado como un soplido.

Toda la semana, Selma había pensado —sin pensar demasiado, claro— en esa no-cita. En el hecho irrefutable de que Alex era su cliente, y en el medio, dos mensajes de su madre:

"Cuando quieras hablamos."

Nada más. Ni un emoji, ni un punto final. Pura maternidad pasivo-agresiva de alto rendimiento.

Ni ella misma entendía cómo había logrado trabajar en ayuno de pensamientos indebidos. Supone que el cúmulo de facturas por pagar hizo el contrapeso justo para mantenerla a flote. Nada como los números rojos para mantener la mente en línea recta.

Octavio, por su parte, había sido muy discreto toda la semana. Silencioso pero presente, como un farol encendido en una calle donde nadie pasa. Sin reclamos, sin señales confusas. Hasta que, unas horas antes de su no-cita, le envió un audio.

Uno tan gracioso que la hizo reír hasta las lágrimas.

Lo escuchó parada en la cocina, con un pequeño espejo en su mano y un rimel que, por culpa de la carcajada, terminó corrido.

Muy buenas tardes, agente 324 —voz grave—. Le habla el jefe de operaciones emocionales. Recibimos informes recientes sobre un sujeto sospechoso: Alex, alias ‘el cliente con mirada de receta casera’.”
La misión, si decide aceptarla, consiste en infiltrarse en un restaurante de tapas con iluminación tenue, buena música de fondo y potenciales riesgos emocionales. Su objetivo: descubrir si el sujeto en cuestión está traficando gestos suaves, silencios calculados o elogios que desestabilizan.”
Hemos descubierto que, en 2007, Alex ya había sido acusado de uso indebido de sonrisas sutiles y carisma espontáneo. No lo subestime, agente.”
Le recordamos que no debe caer en provocaciones, excepto si hay pan con alioli involucrado. En ese caso, actúe con total libertad.”
El gato espía ya está en posición —se escucha un maullido falso—. Repetimos: el gato está en posición. Lleva una microcámara en el collar y una miniatura de Vermut en la mochila.”
Si en algún momento siente que la misión la supera, recuerde el código de emergencia: ‘Octavio, sálvame'. Eso activa el protocolo de rescate inmediato, el cual incluye playlist melancólica y un abrazo con duración indeterminada.”
(Pausa. Voz real):
“Te quiero mucho, terremoto. Pase lo que pase hoy... no te olvides de eso.”

Ridículo.
Tiernamente ridículo.
Y tan Octavio.

Por un instante —uno sólo—, pensó en cancelar todo. Escribirle a Alex y decirle que no, que esa no-cita se le había convertido en algo más, o algo menos, o algo confuso. Pero no lo hizo.

Porque quería comprobar algo. De sí misma. De esa zona nueva y borrosa en la que no se sentía ni deseada ni en peligro. Solo… incómodamente viva.

Así que se vistió.

Eligió un suéter color mostaza —ese que Octavio, en uno de sus momentos cursis, había dicho que la hacía parecer "una tarde de domingo en otoño". Se puso jeans oscuros, de esos que abrigan un poco la inseguridad sin que se note. Botines bajos, cómodos, por si necesitaba salir caminando rápido. Y un delineado discreto, el justo para que nadie pudiera decir que se había arreglado… pero tampoco lo contrario.

Se miró al espejo antes de salir. No estaba deslumbrante. Pero Selma tenía un encanto perceptible, ese tipo de belleza que no hacía falta gritar para ser notada. Sus cabellos, largos y castaños, caían en ondas suaves sobre sus hombros, como si la brisa de un atardecer los hubiera acariciado con cariño. Sus ojos, de un cálido color miel, reflejaban la luz de la tarde con un brillo suave y profundo, como un suspiro de otoño que se esconde entre las hojas caídas. Y aunque su rostro no respondía a los estándares de la perfección tradicional, había algo en su mirada, algo en su ser, que envolvía el aire a su alrededor en una suave melodía de atracción silenciosa.


miércoles, 7 de mayo de 2025

Novela: 35 años - Capítulo IV: Una semana sin relojes.

 


Si aún no conocés a Selma, te invito a empezar por el primer capítulo —El peso del reloj, donde comienza a desanudarse el tiempo de su vida… uno que no siempre avanza al ritmo que ella quisiera.

Y si ya vienes caminando con ella, sabés que cumplir 35 ha venido con pastel ni fiesta —al menos, no como la imaginaba.
Solo una casa familiar.
Una cena impuesta.
Y demasiadas palabras que no debían decirse… pero se dijeron.

En el nuevo capítulo, Selma atraviesa esa semana que viene después del estallido.
Donde el silencio no castiga, sino que libera.
Y donde el deseo —ese que nunca se agenda— empieza a hacerse oír.

 Todos los miércoles, un nuevo episodio.

 Gracias por leerme!





                                     Capítulo IV: Una semana sin relojes

                                               “Cuando nadie mira, algo florece”


Había pasado una semana desde la cena.
Siete días en los que el mundo pareció hacer silencio a su alrededor.
No uno hostil, sino necesario. Un silencio útil, como una sala blanca donde uno entra a curarse.

Selma no habló con nadie de su familia.
Nadie la buscó. Nadie se animó.

Octavio tampoco fue a verla.
Y sin embargo, su presencia no faltaba.

Le había enviado algunos mensajes.
Pequeños gestos de afecto, sin invasión.

“Estoy aquí si necesitas hablar.”
“Cuando quieras reírte, tengo historias guardadas.”

Pero no se las contó. No esta vez. No era el momento.
Octavio sabía dar espacio. Y Selma lo entendía.
Se necesitaban, sí, pero también sabían cuándo soltar la cuerda un poco, confiar en que el otro seguiría ahí.

Fue un duelo.
Pero no por Octavio.
No por la familia.
Fue un duelo consigo misma.

Durante esa semana, el trabajo fue su refugio.
Se aferró a las tareas, a los correos, a los informes, como si cada documento que organizaba ordenara también una parte de su interior.
Cuando dicen que el trabajo es terapia, pensó más de una vez, no mienten.

Y entre planillas y reuniones, pensaba en él.
En Alex.

Lo había conocido en una consulta rápida.
Un nuevo cliente. Un caso más.
Pero su presencia le quedó dentro como un eco.
No era belleza lo que la había impresionado, ni una frase ingeniosa.
Fue la forma en que la escuchó. De verdad.
Como si no estuviera apurado.
Como si lo que ella decía tuviera un peso que pocos le daban.

Lo volvió a ver el jueves.
Él estaba en el hall de su oficina, esperándola.

—¿Estás bien? —preguntó con una voz que no exigía nada.

—Sí, muy bien, gracias —respondió Selma.
Era mentira, pero la sonrisa que le regaló era sincera.

Subieron juntos a la oficina. Selma quiso mostrarle algunos avances.
Ya habían hablado del proyecto: el espacio multifuncional en Montjuïc, abierto a la luz natural, sin rigidez, con alma.
Pero esta era la primera vez que él veía cómo ella había traducido esas ideas al lenguaje visual.

La oficina de Alex era moderna y luminosa.
Un espacio amplio, de techos altos y líneas limpias, con superficies claras, mobiliario funcional y detalles elegidos con precisión.
No era fría, a pesar de su estética pulida; al contrario, tenía algo cálido, casi doméstico:
una lámpara de pie con luz ámbar en una esquina, una cafetera italiana sobre la repisa, una selección de libros gráficos bien cuidados.

Era un lugar donde se respiraba trabajo… pero también vida.
Y con Alex allí, ese aire parecía tener otro peso.

—¿Te apetece un café? —preguntó, sin mirar demasiado.
Él asintió con una sonrisa breve.

Le sirvió uno en su taza favorita, con una nube de crema que flotaba como una caricia.
Se lo alcanzó, y él lo tomó con una expresión neutra, serena.
No dijo nada más.
No se acercó del todo.
No cambió el tono.

Y sin embargo, Selma sentía cómo su cuerpo se encendía en un lenguaje que no sabía traducir.
Él no demostraba nada. Ninguna señal evidente.
Pero había algo en su presencia —en su modo contenido, en su forma de estar ahí sin invadir— que la desarmaba.