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Abuelo |
Al final del día, corríamos impacientes, apoyados en uno de los muros de la casa, expectantes. Veíamos el atardecer con matices de rojo vivo, un espectáculo sin desperdicio.
Era pequeña, pero no tanto como para no conservar los recuerdos de una buena vida, esa donde los problemas se limitaban a las buenas notas escolares y donde las vacaciones de entonces se nutrían de aventuras.
Cada verano, cada enero, el destino siempre era el mismo. Lejos, en lo que casi parecía el fin del mundo, una calle larga de pequeñas piedras blancas llamadas piedrebullo. Allí, medio escondida entre árboles de verde primavera, se encontraba ella: una casa, "la casa", cargada de historias. Historias de las buenas y otras marcadas por la mala suerte, como aquel incendio declarado sin culpables que dejó el pasado reducido a cenizas de fotos y objetos llenos de recuerdos.
El abuelo, el mío, construyó dos veces las paredes del mismo hogar, porque él no le temía a la vida. Desde muy joven, el sacrificio y la lucha llamaron a su puerta. Siempre supo lo que significaba renacer. Creció con la herida del despojo, luego de que sus hermanos mayores, en un acuerdo sin escrúpulos, lo apartaran de la herencia de sus padres fallecidos, obligándolo a cambiar de nombre y apellido.
Y sin embargo, a pesar de los altibajos y de enfrentarse solo al mundo, la luz iluminó su camino el día en que Anna, una joven de 14 años, se enlazó con él en un matrimonio eterno.
Durante los años que recorrieron juntos el camino de la felicidad, tuvieron hijos, varios, recibidos por las manos de mi abuelo, en un parto de a dos. El mismo hombre que inventaría los cumpleaños sin regalos a cambio del agasajo de un día sin trabajo o quien reemplazaría el azúcar por dulces en épocas crudas de guerra y poco dinero.
¡Sí! El mismo que, despojado de los valores de familia, pudo formar la suya propia y darle un sentido a su existencia, esa para la que también estaba destinado: ser padre.
Un hombre fuerte, de cuerpo y mente, acostumbrado a las pruebas de la vida, victorioso por excelencia. Permaneció a oscuras durante un mes tras una operación de la vista y, aun así, nunca escribió una carta con anteojos. O aquella vez en la que un caballo se asustó y lo arrojó varios metros, arrebatándole para siempre la buena postura. Y, sin embargo, se negó a usar una silla de ruedas hasta que la vejez más vieja llegó a su puerta.