¡Nuevo capítulo disponible!
Si todavía no conoces a Selma, te invito a empezar por el primer capítulo (El peso del reloj), donde se abre el reloj de su vida, uno que no siempre marca la hora que ella quisiera.
Y si ya la conoces... sabes que cumplir 35 viene con más que velas y pastel.
Una casa familiar.
Una fiesta que no pidió.
Y más de una presencia incómoda.
En este nuevo capítulo, Selma se enfrenta a una de esas noches donde el pasado, el presente y los comentarios desafortunados se sientan todos a la misma mesa.
Y cuando las velas se encienden, algo más también empieza a arder.
📅 Todos los miércoles, un nuevo capítulo.
Si te ha gustado, comparte, comenta y prepárate... que esto recién comienza.
Capítulo 3: Fiesta en casa de mi madre...
¡Yupi!
"A veces crecer duele
más que soplar las velitas."
El espejo devolvía una versión de sí misma que no terminaba de
reconocer. Selma se acomodó el vestido color marfil —escogido por
su madre, comprado a regañadientes por ella—, y se miró con
escepticismo. El vestido parecía gritar "me quiero casar",
con un encaje delicado que cubría su busto y se desvanecía en finos
bordados a lo largo de la falda, como si la tela susurrara promesas
de romance y tradición. Selma lo observó un momento más, notando
cómo el encaje parecía abrazar su cuerpo y darle un aire etéreo,
aunque no podía dejar de sentirse un tanto ajena a todo eso.
—Parezco un cupcake —murmuró, girándose de perfil. Mientras
su móvil anunciaba un mensaje de Octavio: "Estoy abajo, guapa.
Vente ya antes de que empiece a llorar del aburrimiento."
Sonrió. Si había alguien capaz de salvarle la noche —o al
menos hacerla soportable— era Octavio.
Tomó su cartera, le dio una última mirada al departamento, como
quien despide a un refugio seguro, y salió.
Al abrir la puerta del edificio, lo vio recargado contra su auto,
luciendo impecable en un traje azul oscuro y gafas de sol que
claramente no necesitaba a esa hora.
Selma se acercó y, apenas abrió la puerta del copiloto y se dejó
caer en el asiento, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Octavio la miró de reojo, puso una mano sobre su rodilla y dijo,
en voz baja pero firme:
—Mi vida... no es hora de lagrimeos. Hoy es tu noche. Vas a
brillar como nunca. Hizo una pausa, luego añadió con una sonrisa
traviesa: —Además, quién sabe... hasta puede que te regalen cosas
caras. ¡Así que arriba esa carita, reina!
Selma soltó una risa entrecortada, limpiándose rápidamente las
lágrimas con la yema de los dedos.
—Te odio un poco —murmuró.
—Lo sé —dijo él, arrancando el auto—. Soy irresistible.
La música comenzó a sonar en el coche, un clásico de los
noventa que ambos sabían de memoria. Mientras avanzaban por la
ciudad hacia la casa de su madre, Selma se permitió —por primera
vez en todo el día— pensar que tal vez, solo tal vez, la noche no
sería tan terrible como había imaginado.
Al llegar a casa de su madre, las piernas le temblaban un poco.
Cada paso que daba hacia la puerta le parecía más pesado que el
anterior. Al abrirla, el coro de los invitados estalló al unísono:
—¡Sorpresa!
Selma se detuvo en seco. En el interior de la casa, 5 personas y
un perro se agolpaban, sonriendo y aplaudiendo, pero había una
figura en particular que hizo que su estómago se encogiera. Allí,
de pie, con una copa de vino en la mano, estaba Marco.
El tiempo pareció detenerse por un instante. Al verlo, el rostro
de Selma se quedó tan impasible como su vestido, que, de alguna
manera, parecía gritarle que este era el momento en que la vida la
ponía frente a su pasado. Marco, con su traje impecable, sonrió
como si nada hubiera pasado, pero Selma no pudo evitar notar cómo su
corazón se aceleraba, cómo la opresión en su pecho crecía. Había
algo extraño en su mirada, como si aún estuviera ahí, en su vida,
a pesar de que hacía tanto que ya no compartían nada.
Octavio la miró con delicadeza y confusión. No comprendía del
todo lo que estaba pasando, pero podía ver claramente la incomodidad
que se reflejaba en el rostro de Selma. A pesar de que ella ya no
quería a Marco, la presencia de él, ahí, bajo el techo de su
madre, parecía poner en marcha algo dentro de ella, algo que ella
misma no estaba dispuesta a admitir.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Selma, apenas moviendo los
labios, mientras su voz se quebraba con una mezcla de sorpresa y algo
más, algo que no estaba dispuesta a enfrentar.
Marco la miró con una sonrisa nostálgica, como si quisiera decir
algo, pero no lo hizo. En su lugar, levantó la copa y le dedicó un
gesto.
—No podías casarte sin mí, ¿verdad? —respondió, y aunque
las palabras fueron leves, Selma sintió el peso de cada una de
ellas.